Una vez había una pequeña niña llamada Martina que vivía en una casa junto al mar. A Martina le encantaba jugar en la playa y hacer castillos de arena. Un día, mientras estaba construyendo su castillo, encontró una concha muy especial. La concha era muy lisa y tenía un hermoso dibujo en su interior.
Martina se emocionó mucho al ver la concha y decidió llevarla a casa para mostrársela a su mamá. Cuando llegó a casa, le contó a su mamá todo lo que había encontrado en la playa. Su mamá le dijo que la concha era muy valiosa y que debía cuidarla muy bien.
Así que Martina decidió poner la concha en su habitación, en un lugar especial donde pudiera verla todos los días. Pero una noche, mientras Martina dormía, la concha desapareció. Martina se despertó y no vio la concha en su lugar especial. Se sintió muy triste y empezó a llorar.
Su mamá, al escuchar que Martina lloraba, se despertó y fue a ver qué pasaba. Martina le contó lo sucedido y su mamá decidió ayudarla a buscar la concha. Juntas buscaron por toda la casa, pero no encontraron la concha por ningún lado.
Finalmente, decidieron ir a la playa a buscarla. Al llegar, vieron a una señora anciana sentada en la arena, admirando una concha muy parecida a la de Martina. Martina se acercó a la señora y le preguntó si podía ver la concha. La señora le dijo que sí y le entregó la concha.
Martina se emocionó al ver que era su concha y se la devolvió a su mamá. Su mamá le dijo que la señora anciana había encontrado la concha en la playa y que se la había llevado a casa para admirarla. Martina se sintió muy feliz de haber encontrado su concha y prometió cuidarla muy bien.
Desde ese día, Martina y su mamá fueron a la playa todos los días a buscar conchas y a disfrutar del sol y el mar. Y Martina siempre se acordaba de cuidar su concha especial y de compartirla con su mamá y con todos sus amigos.

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